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martes, 10 de noviembre de 2020

[Video] Javier, el champetero que cambió a sus Nenas por la Biblia

De aquel cantante y bailarín de champeta hoy no queda rastro. Sus pasos ahora solo transitan por los senderos de Dios. Javier Siris Barraza, conocido en el mundo artístico como Javier y sus Nenas, se alejó de sus cuatro bailarinas, cortó su cabellera tipo rasta y le dijo adiós a las tarimas; una decisión que le costó tiempo tomar, pero que se fue fortaleciendo en medio de sus presentaciones en las que siempre encontró señales que, según manifestó, fueron claves para ser hoy un pastor misionero.

Desde el barrio Manuela Beltrán, en Soledad, y en el corregimiento Candelaria (Magdalena), conocido también como Caimán, se dedica a trabajar por los jóvenes.

Este champetero, cuya etapa exitosa la vivió entre 2000 y 2005, desde hace 15 años solo empuña el micrófono para llevar la palabra de Dios a un templo o desde la cabina de la emisora web ‘Soledeña Stereo’, en la que tiene un espacio motivacional y reflexivo.

Con éxitos como Todavía la quiero, Perdí tu amor y Dame un besito se popularizó a nivel nacional y se convirtió en uno de los primeros barranquilleros en incursionar en un género que en ese entonces era exclusivo de los cartageneros. “Muchos quizás me tengan referenciado como cartagenero por mis trenzas y porque rodé mis videos en el Castillo de San Felipe, pero soy más barranquillero que el Paseo Bolívar”, dice este moreno que nació en el barrio Las Nieves.

Sentado en el patio de su residencia ubicada en el barrio Manuela Beltrán, con biblia en mano comienza a evocar su época dorada en la que se destacó por fusionar la champeta con la samba y también por la coreografía que hacía junto a sus nenas: Danicka Esquivia, Ingrid Benedetti, Claudia Rodríguez y Diana Jiménez.

Impactaron tanto que la disquera Sony los incluyó en el icónico álbum Champeta para el mundo, con el que se comenzó a expandir este género costeño por países como España, donde recibió una respuesta positiva.

Valiéndose de la popularidad que ganó esta agrupación, la academia de modelaje Passarela creó la comparsa ‘Todavía la quiero’, en la que participaron niñas y jóvenes que bailaban sus éxitos, algo de samba y música caribeña. Eran fáciles de reconocer por sus pelucas afro y toda la algarabía que desataban en los desfiles carnavaleros.

Para Leopoldo Calderón, docente del Departamento de Música de la Universidad del Norte, Javier y sus Nenas logró que la champeta fuera más comercial. “A inicios del siglo XXI este género aún no era socialmente aceptado y bien visto, entendido todavía como un fenómeno marginal y de estratos socioeconómicos bajos. La puesta en escena de la agrupación, un cantante líder acompañado de cuatro agraciadas bailarinas, permitió visibilizar y poner de moda la manera de bailar característica de este género entre un público de adolescentes y adultos jóvenes, logrando de a poco que tuviera mayor participación y presencia en la programación musical de fiestas y reuniones sociales”, subrayó el catedrático.

Los mensajes determinantes de sus fans

Este hombre de 54 años manifestó que en su “cuarto de hora” se la pasaba de fiesta en fiesta. Iniciaba el año en Sincelejo amenizando las del 20 de enero y culminaba en Cartagena el 11 de noviembre en las de Independencia.

En medio de ese trajín comenzaron a llegarle mensajes de sus seguidoras, los cuales estaban ligados a lo que sería su vida religiosa. “En medio del desfile de Corralejas en Sincelejo una mujer se me acercó y me entregó un papel, yo lo recogí y lo metí al bolsillo. En la noche lo leí y decía ‘Cristo te ama’. Salí al balcón del hotel y al frente había una iglesia. Allí dije ‘están en todas partes’ y desde entonces comenzó el llamado de Dios. Luego una mujer en pleno Festival de la Cerveza en el Romelio Martínez me dijo: ‘tú algún día vas a hablar de Dios, vas a predicar su palabra’, eso me dejó mudo”, recordó Siris Barraza mientras se llevaba las manos a la cabeza.

Su proceso de conversión tomó fuerzas tras salir bien librado de un accidente de tránsito ocurrido en Bogotá a la salida de un concierto en la Plaza de Toros. Allí compartió tarima con la agrupación española La Oreja de Van Gogh y Maía. “Sentí una voz interior que me decía: ‘Javier, hasta cuándo te voy a esperar’, y desde entonces le pedí a Dios que moldeara mi vida y eso ha hecho”.

Javier sentía que el mundo se le despedazaba. Sus padres se habían separado después de 32 años de casados y tenía un hermano sumido en las drogas, por lo que aun siendo ovacionado por miles de personas tras recorrer la Batalla de Flores en carroza sentía un vacío enorme. “Ese vacío solo lo ha llenado Jesucristo, me rendí a sus pies. Yo trabajaba para pagar un apartamento que no habitaba, solo para aparentar que vivía en el norte de la ciudad. No era fácil para mí, duraba tres meses de giras, pagábamos una camioneta y guardaespaldas que no necesitábamos, lo hacíamos para seguir aparentando. Hoy vivo de manera humilde, pero lleno de felicidad”, dijo el pastor egresado del programa de Producción de Radio y Televisión de la Universidad Autónoma del Caribe.

Una voz que ahora edifica

Javier, quien tiene dos hijos y seis nietos, ya no levanta la voz para poner a bailar a los champeteros, sino para apartar a los jóvenes de la droga y la delincuencia. “Una vez llegó un chico a la puerta de mi casa preguntando por Javier y sus Nenas y le dije que era yo. No creía, me dijo que era muy fan de mi grupo y donde quiera que nos presentábamos él iba, así le tocara atracar para comprar la boleta y una botella de ron. Cuando escuché eso, fue muy fuerte y acepté el reto que Dios me puso y aquí estamos trabajando entre Candelaria (Magdalena) y Manuela Beltrán, donde hemos creado la emisora web ‘Soledeña Stereo’, en la que los sábados de 8 a 10 de la mañana tengo un espacio de reflexión”.

Para los que preguntan qué fue de la vida de Javier y sus Nenas, él les responde: “Javier está agarrado de la mano de Dios, él trazó un camino y lo estoy recorriendo”.

Concluye que no ha hecho más música, y aunque muchos lo han animado a cantar para Dios, aún no ha sentido ese llamado. “Sé que aún canto, tengo mi voz intacta”.




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