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La fiebre por los influencers revela lo brutos que somos

Un gran revuelo han causado en los últimos días algunas opiniones, generalmente de personas con algunos niveles educativos, al respecto del estilo de vida de los influencers y la aparente facilidad con la que estos acumulan grandes cantidades de dinero realizando acciones que de la simplicidad llegan a rozar con la estupidez.

Es normal que individuos que se han esforzado increíblemente durante toda su vida por alcanzar conocimientos que le sean útiles a la sociedad se sientan timados al ver que personas con tan bajas características intelectuales reciban sumas impensables de efectivo por subir videos a las redes sociales, comportándose de tal manera que hasta el mismísimo Darwin dudaría de la evolución humana.

Pero el asunto no es tan simple como parece y detrás de ello hay toda una maquinaria social que ha existido, existe y existirá siempre. La diferencia es que anteriormente los influencers solían ser deportistas de alto rendimiento, políticos, escritores, oradores reconocidos mundialmente, científicos u otras personas con talentos extraordinarios, utilizados para que diferentes mensajes políticos, empresariales publicitarios, etcétera, llegaran a más personas o tuviesen una mejor acogida.

La debacle de la influencia social de hoy en día no se halla específicamente en los influencers, sino en la sociedad misma y para comprender ello debemos tener en cuenta algunos aspectos clave:

Primero, hay que tener en cuenta que el influencer no hace a la sociedad, la sociedad hace al influencer. Estas personas no lograron hacerse reconocidas porque lo que hagan sea digno de admirar, sino porque su contenido es fiel reflejo de la mentalidad social: lenta, tonta y de poco esfuerzo cognitivo. Son tan básicos que hasta el más torpe de los seres humanos puede comprenderlos, dinámica adoptada así mismo por los géneros musicales contemporáneos.

Segundo, el influencer cuando alcanza una fama media, acompañado de publicistas y empresarios a los que solo les preocupa vender sus innecesarios productos, utilizan técnicas sencillas de influencia y publicidad para aumentar su capacidad de convicción, entre ellas podemos encontrar comúnmente el asumir la vida soñada por la mayoría de la sociedad (dinero, mansiones, autos de lujo, fiestas y todo lo que una persona básica pueda soñar) viralizar aspectos íntimos de la vida para crear el imaginario de que a pesar de sus riquezas siguen siendo parte del día a día de una persona “normal” (infidelidades, relaciones de pareja, embarazos, peleas, discusiones familiares) y hacer su imagen común (hacerlos aparecer hasta debajo de las piedras; comerciales, noticias, publicidad online, doblajes).

Tercero, el papel de los medios de comunicación es fundamental, se crea una relación codependiente, los influencers necesitan a los medios para aumentar su viralidad y los medios necesitan a los influencers para aumentar el rating. ¿Cómo saber que un medio de comunicación va en picada? Sencillo, si antes enseñaba noticias de relevancia nacional y hoy habla de la vida de X o Y influencer, su rating no va de lo mejor.

Así pues, con este breve acercamiento podemos ver que el tema de los influencers no es tan simple, hay toda una inteligencia mediática detrás, pero en el influencer en sí, sobre todo los de nuestro país, solo hay vacío mental, reflejo de las falencias educativas del nuevo mundo controlado por una dinámica donde vender es más importante que saber.

En cuanto a aquellos “intelectuales y sabiondos” así, entre comillas, que osamos llamar estúpidos a estos individuos famosos de la actualidad, que ante esta sociedad inútil nos superan en todo aspecto, con sus autos de lujo y apartamentos estrato superior, quiero decirles que no deberíamos discutir al respecto de ello, acceder a una universidad pensando en que por ella vamos a tener lujos es tan estúpido como el contenido de los influencers modernos, para eso no es el conocimiento, personalmente y si la vida me lo permite, prefiero estar a las afueras del coliseo romano entendiendo sus características históricas, políticas, arquitectónicas y culturales, que estar ante semejante monumento con la cabeza tan hueca que solo pueda pensar en cómo van a quedar mis fotos para Instagram.

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