martes, 20 de octubre de 2020

"Si quiere, que venga él": El día que Celia Cruz se negó a cantarle 'Burundanga' a Fidel Castro


Su risa permanente que contagiaba tanta alegría, le funcionaba de vez en cuando para… disimular, digamos. 


Nacida el 21 de octubre de 1925, Celia Cruz valía más por lo que era, que por lo que hacía. Era mucho más que su ritmo y su poderosísima voz. Mujer soberana, que nunca supo doblegarse. Ante nadie. Ni ante un Fidel Castro que jamás la pudo someter.


En 1959 era ya muy popular en Cuba como vocalista de la Sonora Matancera, cuando cantando en la fiesta de un poderoso empresario, arribó Castro que unos meses antes había arribado también a todo el poder… es un decir. Contaba Celia que la "mandó traer" para conocerla, pues el líder revolucionario aseguraba haber cantado Burundanga cada vez que limpió su fusil escondido en la Sierra Maestra; ella dijo "a mí me contrataron para estar paradita junto al piano. Si quiere, que venga él". No fue. Subordinados la buscaron insistentes para cantar en actividades políticas. Jamás aceptó.


Pocos meses después, el comandante fue el sorpresivo invitado especial a un espectáculo del Teatro Blanquita de La Habana; al saber que Celia estaba en el cartel solicitó al empresario que ésta le interpretara y dedicara… Burundanga. Ella instruyó a todos los músicos para decir que no traían la partitura y que no se la sabían de memoria. El empresario pidió además a todos los artistas que bajaran del escenario al besamanos... Celia se salió por la parte de atrás del escenario. El empresario la abordó para decirle que su acción la dejaba sin salario. Ella se quedó sin paga y Castro... con un costo mucho mayor: sin Burundanga.


De eso de pelear por lo que ella quisiera hacer en la vida, la había enseñado su madre... a la que llamaba Ollita. El padre tenía a Celia estudiando para maestra y no quería que se dedicara a cantar, como ya apuntaba en concursos de aficionados. "Tú no le hagas caso al negro ése... y canta, si eso es lo es lo que quieres". No era consejo. Era instrucción materna. 


El padre estaba muy enfermo (moriría al poco tiempo)... Ollita tenía cáncer. Se necesitaba el dinero y salieron dos buenos contratos por un mes en México. Uno en el Terraza Casino -sobre la avenida de los Insurgentes- y otro en el Teatro Lírico. El 15 de julio de 1960 subió al avión con la Sonora Matancera. Los contratos se fueron extendiendo. Entonces el gobierno castrista dictó como orden inmediata que todo aquel cubano que quisiera conservar su ciudadanía, tendría que volver a más tardar en octubre. Navegando entre el éxito musical y la decisión de no someterse, Celia desacató. Para Fidel fue la tercera... y fue la vencida. 


Cuando en abril de 1962 murió Ollita, Celia Cruz estaba en Nueva York. Hizo trámites de inmediato para acudir al sepelio de su madre… y Fidel Castro no se lo permitió. Ella juró no volver, en tanto Fidel existiera... que existió hasta el 2016, 13 años más que Celia y juró que su música no se escucharía en un solo rincón de la isla. Los dos cumplieron. 


Desde 1962 y hasta el final, hace vida con el gran Pedro Knight, segunda trompeta de la Sonora Matancera… que sólo dejará para consagrarse a la carrera de su amada.


No le gustaban las fiestas. Le gustaban las pequeñas reuniones con los que cupieran alrededor de un comedor, nada más. Tenía pocos amigos. En México, Tongolele y su marido Joaquín, el bongocero... o los célebres bailarines Roberto y Mitzuko, de toda la vida. 


Siempre habrá mucho por decir de su inmenso legado artístico y de su coraje vestido de alegría. Entre muchos otros, temas consagrados como Tu Voz o El Yerbero Moderno... "Se oye el rumor de un pregonar / que dice así / el yerberito llegó-o-o, lle-é-góóóóó: traigo yerba santa, pa' la garganta / traigo keisimón, pa' la hinchazón..." 


Queda registro a perpetuidad de todo lo que hizo con la Matancera; pero también con los seis discos trabajados con Tito Puente, el rey del timbal. Se corona emperatriz de la salsa con Fania All Stars en los años 70... con Héctor Lavoe, con Johnny Pacheco, con Willie Colón, etc. 


Grandes figuras la buscaban para hacer duetos: desde Toña La Negra y Olga Guillot en aquellos tiempos… hasta Juan Gabriel, Raphael, Marc Anthony, Óscar D'León, Willy Chirino, Olga Tañón, Albita Rodríguez, Rubén Blades… hasta Pavarotti se dio el gusto. 


Con setenta y tantos años se lleva dos Grammy Latinos… al final de su vida pega con La vida es un carnaval, por su alcance internacional un éxito tan grande o mayor que todos los anteriores. Hoy en día, las mejores versiones y coreografías se siguen viendo en cualquier playa o en cualquier gimnasio, durante una clase de fitness.


En cine tiene en 1992 un buen papel en la cinta estadounidense Mambo Kings, protagonizada por Antonio Banderas y con la participación de Tito Puente que se interpreta a sí mismo. De la docena de películas en que aparece -varias de ellas, mexicanas-, hay una que se llamó Amorcito Corazón, de 1960... recién llegada a México. Hace un número de cabaret mientras corren los créditos al inicio de la cinta, en la que se asoma un Mauricio Garcés principiante.


Una sola fotografía de ella hubiera bastado para escribir la novela que fue su vida. En 1990 es invitada por el congreso de Estados Unidos para cantarle a cubanos exiliados en la Base Naval de Guantánamo, en el extremo sureste de Cuba... territorio militar de 117 kilómetros cuadrados ocupado por Estados Unidos desde 1903 en función de un tratado cubano-estadounidense. En algún momento del viaje, el fotógrafo del Miami Herald, Carlos Manuel Guerrero, la capta agachada, metiendo la mano debajo de la reja que divide los dos territorios... tomando un puño de tierra del otro lado y para colocarlo en un vaso de unicel, "... para que lo pongan en mi ataúd". Así sucedió.



México, como tantas cosas en ella, marcó también el principio del fin. En noviembre de 2002 ofrecía un concierto en el Hipódromo de las Américas... cuando de repente ya no pudo hablar. Era un tumor cerebral, que se la llevó ocho meses después. En julio del 2003. 


Habrá quien recuerde las impresionantes imágenes del funeral de Celia Cruz en el 2003... primero en Miami y luego en Nueva York, dentro de aquella hermosa carroza blanca, tirada por dos caballos blancos también con un techo de flores que circuló entre decenas y decenas de miles hasta la Catedral de San Patricio.


No se había muerto una famosa. Ahí se descubrió que la reina de la salsa, la huarachera del mundo... en el fondo era mucho más que eso. Era un símbolo... el símbolo de algo más que el dolor del exilio. El de la rabia del destierro. 


Y su risa eterna cobró sentido… cuando tuvo entre sus manos el mayor tesoro. En un puño de tierra.




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